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Tras los orígenes de la Nochebuena

Rebeca Pérez Vega

Entre la Nochebuena y la Navidad queda retratado el sincretismo de la cultura nacional. Los mexicanos le han dado un color y sabor especial a las fiestas decembrinas: las piñatas, la flor de nochebuena, las pastorelas, el ponche, los buñuelos, el nacimiento de barro, los cánticos…

En el siglo 16, con la llegada de los españoles, se inició la tradición de las posadas y las verbenas religiosas con dulces, comida y bebida elaborados con maíz, pero las celebraciones han dado un vuelco de 180 grados: la fiesta que antes se realizaba en las parroquias y tenía un espíritu colectivo, ahora se desarrollan de manera doméstica, en familia, con una diversidad de símbolos que poco tienen que ver con lo nacional.

Historiadores y expertos en cultura popular recuerdan que la celebración de Navidad llegó a México con la Conquista. Esta conmemoración, una de las más importantes de la tradición cristiana, se enseñó a los pueblos originarios a través de distintas dinámicas escénicas y religiosas con fines de evangelización.

En 1587 Fray Diego de Soria, superior del Convento de San Agustín, en Acolman, Estado de México, acudió al Vaticano para pedir autorización para realizar las llamadas misas de aguinaldo que tenían como propósito explicar la historia del nacimiento de Jesucristo, con una especie de escenificación sobre la peregrinación que hicieron María y José antes del nacimiento del niño Jesús.

Desde entonces se estipuló que las misas serían del 16 al 24 de diciembre, nueve días en representación de los nueve meses que duró la gestación del Mesías, y se les puso el mote de «aguinaldo» porque al final se repartían refrigerios, bolos y regalos, resalta el investigador, experto en cultura popular, José Hernández.

Uno de los elementos centrales de la celebración de la natividad eran las piñatas, también inspiradas en la idea de De Soria.

Pegarle a la piñata se convirtió desde entonces en uno de los momentos claves de las misas de aguinaldo. La tradicional es elaborada con un cántaro de barro y debe tener siete picos. El vistoso objeto simbolizaba a Satanás y cada pico representaba cada uno de los pecados capitales: ira, gula, pereza, soberbia, avaricia, lujuria y la envidia.

El objetivo era vencer al mal y al pecado, así que luego de golpear la piñata venía la recompensa: entre el cántaro ya resquebrajado se encontraban frutas de temporada: mandarinas, cañas, jícamas, así como cacahuates y dulces de colación.

Estas verbenas decembrinas sucedieron en colectivo entre el siglo 16 y el 19. Las celebraciones ocurrían en los templos de cada comunidad y, posteriormente, cada familia, según sus posibilidades, preparaba una cena para dar gracias por el nacimiento de Jesús: los más ricos comían guajolote y los que menos tenían preparaban tamales y atole, según describe la historiadora y doctora en Ciencias Sociales, Angélica Peregrina.

A finales del siglo 19, la tradición se modificó, y las celebraciones inundaron las calles.

LA FIESTA CONTEMPORÁNEA

Uno de los mayores vuelcos sucedió a mitad del siglo 20: Santa Claus llegó a México en la década de los 40 como herencia de una empresa refresquera, y con él los árboles de Navidad, una costumbre europea del siglo 16, pero popularizada por los estadounidenses, para cambiar definitivamente el rostro de las fiestas navideñas.

Desde el inicio de esta celebración, el definitivo protagonista era el niño Dios. Por él se agradecía y se pedía, se hacía el ritual de «acostar al niño» antes de la cena, pero con la llegada de San Nicolás, fue desplazado, coinciden los expertos.

Este hombre, representado con pelo y barba blanca, traje rojo y cinto negro, inspirado en la figura del obispo de origen griego Nicolás de Bari, fue el punto de inspiración para las campañas de publicidad decembrina de Coca Cola en la década de los 30, que años después llegó a México.

A mediados del siglo 20 también se popularizaron los regalos plásticos para los niños, los adornos con luces y escarchas multicolores en las casas y, desde 1957, se convirtió en toda una tradición la iluminación navideña en los centros de las ciudades, con un propósito comercial, es decir, atraer a las familias al primer cuadro y aumentar las ventas en los comercios, recuerda Hernández.

Las celebraciones contemporáneas se parecen poco a las del siglo 16. Ahora hay un sentimiento más bien mercantilista: hay que colmar la mesa de comida, comprar regalos para toda la familia y poner especial atención en la decoración, recalca Peregrina.

«Como todas las tradiciones en México, la Navidad se ha nutrido del sincretismo cultural, hay elementos religiosos, paganos, comerciales, de Estados Unidos y de Europa», recalca Peregrina, académica de la Universidad de Guadalajara y El Colegio de Jalisco.

«Es una combinación que ha caído en un sentido mercantilista: la esencia religiosa se ha ido perdiendo porque, aunque es una celebración religiosa, ya no es lo principal dar gracias, compartir y agradecer, sino provocar que la gente consuma, que compre», añade Violeta Corona, profesora e integrante de la Academia de Mercadotecnia de la Universidad Panamericana.

«Se crea una necesidad para que la gente gaste, aunque no siempre tenga cómo hacerlo».

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